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Las altas presiones situadas en el océano Atlántico impiden la llegada de perturbaciones al continente europeo. Por tanto, las nubes van dejando su lugar a los claros y las precipitaciones tienden a desaparecer. Como ocurrió en la primera parte del invierno vuelve a predominar el ambiente seco y estable. Las heladas y los bancos de niebla persistentes serán los riesgos atmosféricos más destacables.
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